17-BOSKO DIRIGE LA BATALLA EN EL MAR DE THASSA Ocupaba el puesto del vigía en lo alto del mástil del Dorna. El catalejo me permitía ver las líneas enemigas. Era un espectáculo hermoso. Las filas de barcos extendiéndose en la distancia hasta perderse en los horizontes este y oeste. Las velas, amarillas y púrpura, relucían bajo el sol de la novena hora goreana, un ahn antes del mediodía.
Debido a la precipitación de los planes de batalla desconocía el número de barcos que componían nuestra flota, pero calculaba que sería de unos dos mil quinientos, y de ellos mil cuatrocientos eran barcos redondos. Esta flota había de enfrentarse a los cuatro mil doscientos de Cos y Tyros. Me complacía haber podido aceptar los servicios de treinta y dos barcos de dos de los Ubares de Puerto Kar, veinte de Chung y quince de Nigel
Estoy seguro que de no haberse hallado la Piedra del Hogar no hubiéramos podido reunir más de cuatrocientos o quinientos barcos para hacer frente a la flota enemiga.
Cerré el catalejo y descendí al puente del Dorna. Acababa de pisar la cubierta cuando vi al joven Pez.
—Ordené que permanecieras en tierra.
—Capitán, azótame después de la batalla.
—Dale una espada —dije a uno de los oficiales.
—Gracias, capitán —dijo el chico.
Me dirigí a la popa.
—¡Saludos, jefe de remeros!
—¡Saludos, capitán!
Subí al puente de popa y miré a mis espaldas. Me seguían cuatro barcos de guerra de Puerto Kar, separados unos novecientos metros entre sí, y tras ellos otros cuatro, seguidos a su vez por otros cuatro y cuatro más. El Dorna, por consiguiente, encabezaba una formación de dieciséis barcos de guerra. Ésta era una de las cincuenta formaciones que habíamos conseguido organizar. La flota enemiga, para evitar que escapáramos de Puerto Kar, había extendido su red en un diámetro excepcional de manera que sus barcos estaban ampliamente extendidos en profundidad de a cuatro. Nuestros grupos de dieciséis barcos habían sido distribuidos de manera que no interfiriera un grupo con otro, sino que sirvieran de apoyo entre sí en caso necesario. Si todo iba bien conseguiría cortar la línea enemiga en cincuenta puntos diferentes. Las órdenes eran que una vez cortadas las líneas del enemigo atacaran por la espalda en grupos de dos, en cualquier punto favorable pero siempre existiendo una conexión entre los dieciséis barcos o cuantos quedaran de aquel grupo. Cada pareja escogería un barco, y mientras uno atacaba abiertamente el otro lo haría una vez iniciada la batalla y desde un punto opuesto. De esta manera la mayoría de la flota enemiga se vería imposibilitada de participar en el ataque directo a la ciudad. En realidad no era tanto cuestión del número de barcos a intervenir sino de concentrar los que teníamos en los puntos más estratégicos. Si conseguíamos romper sus líneas en cincuenta puntos tenía esperanza de que algunos de sus barcos giraran para atacar a los que ahora se encontrarían a sus espaldas. Cada uno de mis cincuenta grupos, una vez hubieran atacado, sería seguido medio ahn más tarde por un par de barcos de guerra.
Tan pronto fuera posible reunir a los dieciséis barcos de cada grupo, éste debía volver a intentar romper las líneas enemigas, aunque no tenía esperanza que tal cosa se repitiera puesto que por lógica la flota de Cos y Tyros intentaría reducir la longitud del frente. Tenía entendido que la táctica de atacar en parejas era nueva en Gor, y había preparado una serie de señales para, en caso de deshacerse alguna de las parejas originales, cualquier otro barco próximo pudiera unirse al que había quedado aislado y recomponer la pareja atacante.
Ordené que el primer grupo iniciara el avance. El Dorna quedó atrás, ya que teniendo que controlar las batallas no podía formar parte de ellas, muy a pesar mío.
La tercera fase del ataque consistiría en el avance de mil cuatrocientos barcos redondos en línea ininterrumpida un ahn después. Estos barcos tenían por remeros ciudadanos libres de Puerto Kar o esclavos a quienes se había prometido libertad. Todo esclavo procedente de Cos o Tyros había sido encadenado en los almacenes de la ciudad. Todos los remeros en los barcos redondos iban sin cadenas y con armas al alcance de sus manos. La verdadera misión de estos barcos no era entrar en batalla con el enemigo, sino intentar abordar sus barcos u obstaculizar sus movimientos al máximo de sus posibilidades. También los ballesteros, las catapultas y la artillería podría ocasionar devastadores perjuicios a aquellos barcos de guerra.
La cuarta fase consistía en cincuenta barcos de guerra a los que había ordenado no bajar el mástil al atacar, un ahn después de los redondos. Tenía la esperanza de que los barcos de Cos y Tyros al verlos aparecer tras los redondos, que no bajan el mástil al entrar en pelea, los tomaran como una segunda ola de los mismos barcos. Esta estratagema permitiría ayudar a los barcos redondos destruyendo con el ariete a los enemigos.
La quinta fase, que debía seguir a la cuarta medio ahn más tarde, consistía en dos flotas de cuarenta barcos de guerra, una atacando por el norte mientras la segunda lo hacía desde el sur. Realmente no creía que los barcos de que disponía fueran lo suficientemente buenos como para producir un efecto devastador en el enemigo, pero en el torbellino de la batalla, sin clara percepción de la posición y número de atacantes, pudiera resultar de gran valor psicológico.
Esta última fase dependía de que la flota enemiga se centrara para reducir la amplitud de su frente, pero por otro lado pudiera ocurrir que temiendo una encerrona se desperdigaran, en cuyo caso resultarían mucho más vulnerables a los ataques de nuestra flota.
Vimos avanzar la segunda fase del ataque. El Dorna, con los remos recogidos, se mecía sobre las olas.
Aún tenía ciento cinco barcos de guerra en reserva, que podría lanzar, simultáneamente con la quinta fase, a la batalla. Sólo bastaría una orden del Dorna.
—¿Bajamos el mástil, capitán? —preguntó uno de los oficiales.
—No —respondí. Quizá ocupase el puesto del vigía para observar el desarrollo de la batalla.
Estábamos en otoño y el viento era frío. Oscuras nubes recorrían el cielo. Al norte una especie de niebla oscurecía el horizonte. Aquella mañana había amanecido helada.
—Recoged velas —ordené.
Un oficial comenzó a dar las órdenes pertinentes.
Estudiaba la superficie del mar para detectar la dirección y velocidad del viento.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó otro de mis oficiales.
—Esperar —respondí.
Después de dormir un ahn me sentía más despejado. Al despertarme trajeron una bandeja con pan y queso a mi cabina. Comí y luego subí a cubierta.
Ahora el viento era muy frío. El Dorna era zarandeado por las olas que rompían contra su casco. Habíamos echado las dos anclas, comunes en los barcos goreanos.
Me dieron la capa de almirante, que coloqué sobre mi hombro izquierdo, donde tenía sujeto el catalejo. Introduje algunos trozos de carne en la faltriquera que pendía de mi cinturón y ordené al vigía que bajara de su posición en lo alto del mástil. Una vez ocupé su puesto empecé rumiar un trozo de carne seca tanto por hambre como para combatir el frío, y abrí el catalejo.
Recorrí el horizonte intentando comprender el estado de la batalla.
La carne seca es salada y generalmente en el puesto del vigía hay una calabaza llena de agua. Quité la tapadera y bebí. Había una capa de hielo en su interior y los pequeños cristales se fundieron en mi boca.
La línea oscura del horizonte norte se había convertido en una zona muy amplia. Los barcos redondos avanzaban pero casi sin remos, pues el viento del norte, a pesar de utilizar las velas de menor tamaño, impelía las naves con fuerza.
Sonreí al verlas avanzar. Las cubiertas parecían desiertas pero sabía que bajo los puentes de proa y popa, así como en las bodegas, había cientos de hombres.
Dirigí el catalejo hacia el oeste.
Los barcos que formaban parte de mi primera fase habían entrado en contacto con las flotas de Cos y Tyros. Detrás de ellos podía distinguir el avance de la segunda oleada de pares de naves de guerra.
Me preguntaba cuántos serían los hombres que murieran en aquella batalla. Me envolví en mi capa de almirante. Quería saber quién era yo en realidad, pero lo ignoraba. Existían tantos factores imposibles de prever como de alterar el curso de los acontecimientos.
Sabía que Chenbar, el Ubar de Tyros, era un capitán brillante, pero ni tan siquiera él podía haber previsto mis planes o la disposición de mi flota, puesto que tan sólo horas antes de la batalla yo mismo los había ignorado. En realidad no esperaba realizar ninguna conquista o victoria aquel día. Empezaba a pensar que había cometido una locura al no huir cuando tuve ocasión de hacerlo. Muchos capitanes habían escapado con las bodegas cargadas de tesoros y esclavos encadenados. ¿Por qué no lo había hecho yo? ¿Por qué no lo habían hecho todos aquellos que ahora me acompañaban en esta empresa? Muchos hombres iban a morir. ¿Había algo que valiera tanto como la vida de un hombre? ¿No era acaso preferible una deshonrosa rendición a la pérdida de la vida? ¿No era mejor convertirse en esclavo que morir? Recordaba cómo en el pantano había suplicado por mi vida, y ahora, aquel mismo cobarde envuelto en la capa de un almirante vigilaba el desarrollo de la batalla, el destino, la destrucción o la victoria de aquellos hombres a los que controlaba. Tenía que haber hombres mejor dotados que yo para asumir la responsabilidad de enviarles a la lucha, a la muerte o a continuar viviendo. ¿Qué pensarían de mí aquellos que se hundieran en las frías aguas de Thassa o degustaran en la boca el sabor de la sangre de la muerte? ¿Cantarían aquellos hombres loando mis hazañas? ¿Y cuál sería el peso de esas muertes que recaería sobre mí?, ya que había sido yo, un ignorante, quien los había enviado a aquellas aguas y a aquellas espadas que habían acabado con sus vidas.
—¡Almirante, mirad! —gritó un marinero que desde la proa del Dorna miraba el horizonte con un catalejo—. ¡Es el Venna! ¡Ha roto las líneas del enemigo!
Dirigí el catalejo hacia el oeste. Allí estaba el Venna maniobrando para volver al ataque. Con su nave hermana, Tela, vi dos barcos de guerra de Cos y Tyros, uno volcado sobre uno de los costados y el otro hundiéndose lentamente por la popa.
El Venna se hallaba a las órdenes del incomparable Tab. Los hombres sobre la cubierta del Dorna vitorearon a sus compañeros.
Varios barcos próximos al lugar donde los míos habían atacado se acercaban para enfrentarse con el enemigo, pero tras ellos avanzaba mi segunda línea de ataque.
Vi cómo el frente de las flotas de Cos y Tyros se reducía tratando de concentrar sus barcos en determinados puntos. Ahora ya podía distinguir sus extremos, cosa que antes me había sido imposible.
Tras esta segunda oleada observé desperdigados por el horizonte de Thassa, los barcos redondos aventados por el vendaval. Por la popa del Dorna avanzaban solemnes, sin prisa, sus remos a medio ritmo, cincuenta barcos de guerra con los mástiles altos y velas pequeñas usadas en las tempestades. En el fragor de la batalla estaba seguro que la primera impresión sería de que se trataba de barcos redondos, no llegando a reconocerlos como barcos de guerra hasta tenerlos a pocos metros de distancia.
Tras éstos tendría lugar la quinta fase del ataque, con la aparición de las dos flotas de cuarenta barcos de guerra que acorralarían al enemigo por el norte y por el sur. Y simultáneamente, tras esta táctica de pinzas, estaba el resto de mi flota, los ciento cinco barcos de guerra de reserva, que avanzaría a una señal del Dorna. Con las reservas también entrarían en acción otros diez barcos redondos del arsenal, cuyo cargamento desconocían incluso los más destacados oficiales de mi flota. Ahora todos los factores que habían formado parte de mis cálculos estaban en acción. Pero había otros factores con los que no había contado.
Miré hacia el norte. Abrí el catalejo y estudié la superficie de las aguas. Sobre ellas parecían alzarse grandes torres de oscuridad y en el cielo grandes nubes blancas se deslizaban rápidas como aves que trataran de escapar de las mandíbulas del negro larl. La estación estaba terminando y yo no había contado con el Thassa y sus rápidos cambios de estados de ánimo.
Tres ahns más tarde numerosos barcos ardían en la oscuridad. El viento llevaba chispas y llamas de uno a otro. En algunos lugares diez o doce barcos ardían juntos formando como una isla de llamas flotante sobre el mar.
Las olas eran cada vez más altas. La oscuridad del norte avanzaba como una bestia que se arrastraba persiguiendo la pista de su presa.
La quinta fase de mi ataque había sufrido un retraso.
El Dorna pugnaba por escapar de sus áncoras. Durante un tiempo las habíamos izado permitiendo que fuera zarandeada por el viento y las olas, pero luego habíamos sujetado la nave de nuevo aunque continuaba siendo castigada por el viento y las olas. La madera restallaba y los tornillos, cerrojos y cadenas chirriaban.
Como ya he dicho, la quinta fase de mi ataque se componía de dos partes. Una procedía del norte a las órdenes de Nigel con quince de sus barcos de guerra y otros veinticinco del arsenal; mientras que la segunda al mando de Chung procedía del sur con veinte barcos del Ubar y otros veinte del arsenal. Pero tales barcos no aparecían por ningún lado.
Ahora podía ver aproximándose al Dorna por el este los ciento cinco barcos de guerra de la reserva, y los diez redondos del arsenal cuyo cargamento incluso mis oficiales desconocían.
Me preguntaba si había hecho bien en confiar en los Ubares Nigel y Chung.
El barco insignia del grupo de reserva se aproximó al Dorna. Sobre el puente pude reconocer a Antisthenes. El resto de los barcos formaban cuatro hileras. Y entre ellos, pesados, con las pequeñas velas recogidas, avanzaban los diez redondos del arsenal.
Giré el catalejo hacia el oeste, hacia el fuego y el humo en la distancia. Pude apreciar que los barcos de Cos y Tyros, cuando les era posible, despreciaban a los redondos, para concentrar sus fuerzas contra los barcos de guerra de mi flota. Los lentos barcos redondos, ahora a merced del viento y de las olas, eran abandonados como antagonistas.
Sonreí. Chenbar era un almirante excelente. Prefería enfrentarse a los barcos de guerra porque los conocía y porque podía imponerse sobre mi flota debido a su superioridad numérica. Dejaba los redondos para un momento más lejano en que pudiera disponer de cuatro o cinco barcos de guerra para aniquilarlos. Los redondos, por supuesto, eran demasiado lentos para prestar la ayuda que mis barcos de guerra no tardarían en precisar.
Cerré el catalejo. Me parecía que el resultado de la batalla estaba ya escrito en aquel amplio tablero que era el horizonte sobre el que destacaban aquellos barcos ardiendo.
El viento continuaba azotando.
Fue entonces cuando los gritos y vítores de mis hombres llegaron a mis oídos. El vigía a la proa del Dorna agitaba la gorra en señal de saludo. También los remeros gritaban y agitaban las gorras al viento.
De nuevo abrí el catalejo. Por el norte y por el sur, como negros cuchillos cortando las frías aguas de Thassa, avanzaban con los mástiles bajos las dos flotas de la quinta fase de mi ataque.
Hice una mueca que quería ser una sonrisa.
Chung se había visto obligado a forzar su camino a través del viento, y Nigel, que dominaba el arte de navegar y de la guerra, había retenido sus naves con el fin de que el ataque fuera simultáneo.
Dejé colgar el catalejo de la correa que lo sujetaba a mi hombro, metí el último pedazo de carne seca en mi boca y bajé por la estrecha escala hasta el puente. Desde allí agité mi mano para llamar la atención de Antisthenes, que se encontraba a unos cien metros sobre el puente del barco que encabezaba la flota de reserva. Él, a su vez, izó una bandera en lo alto de la torreta de proa. Y subí hasta el puente de popa.
La cubierta de los barcos redondos empezó a levantarse para luego deslizarse por los costados de la nave. Mis hombres, y todos aquellos que estaban en barcos cercanos, lanzaron exclamaciones de asombro.
El tarn es un pájaro de tierra, de origen montañoso, aunque también los hay de abigarrado plumaje cuya procedencia es selvática. Los tarns que habían sido encerrados en las bodegas de los barcos redondos estaban encapuchados. Al sentir el viento y el frío lanzaron la cabeza hacia atrás, batieron alas y tiraron de las cadenas que los sujetaban a la quilla del barco. Sólo uno de aquellos pájaros no llevaba capucha, pero una especie de bozal mantenía su pico cerrado. Lanzó un agudo aullido. Atravesó incluso los gélidos vientos del Mar de Thassa. El pánico hizo temblar a todos aquellos hombres.
Es muy difícil hacer volar a un tarn sobre el agua y, por lo tanto, no sabía si conseguiría dominarlos en el mar. Incluso con el aguijón ha sido imposible alejarlos de tierra firme.
Me quité el catalejo del hombro y lo entregué a uno de mis hombres.
—Bajad un bote —ordené a uno de los oficiales.
—¿En esta mar? —preguntó asombrado.
—¡Rápido! —grité.
Bajaron la barca. Pez asía uno de los remos como si formara parte de él. El timón lo controlaba el jefe de los remeros. Nos aproximamos al primero de los barcos redondos por sotavento. No tardé en hallarme sobre la cubierta del barco.
—¿Eres Terence, el capitán mercenario de Treve? —pregunté.
El hombre afirmó con la cabeza.
Treve es una ciudad de bandidos en la Cordillera Voltai. La mayoría de los hombres desconocen su exacta localización. Años atrás los tarnsmanes de Treve incluso habían pertenecido a la caballería de Ar. La ciudad de Treve no cultiva su propio alimento, sino que sus habitantes se dedican a apoderarse de las cosechas de los pueblos que la circundan. Viven del robo y de la rapiña. Los hombres de Treve tienen fama de ser los más orgullosos y crueles de Gor. Adoran el peligro y sólo aman a las mujeres libres que roban en las ciudades civilizadas para convertirlas luego en sus esclavas. Hay quien dice que sólo se puede llegar a Treve montado en un tarn.
En una ocasión conocí a una chica de Treve. Se llamaba Vika.
—Tienes en estos diez barcos redondos cien tarns con sus correspondientes jinetes.
—Así es —respondió—, y ya que queréis saberlo todo os diré que cada tarn tiene su correspondiente soga de nudos y cinco marineros de Puerto Kar.
Miré hacia la bodega del barco. El tarn que no tenía caperuza levantó su perverso pico en forma de cimitarra. Sus ojos parecían lanzar llamas. Su aspecto era excelente. Lamenté que no fuera mi Ubar de los cielos. Su color era marrón rojizo, un color muy frecuente entre las grandes aves. El mío había sido negro, sedoso, con grandes espolones calzados de acero. Había sido criado para la guerra, y en su salvajismo se había convertido en mi mejor amigo. Y yo lo había expulsado de Sardar.
—Recibiré cien piedras de oro por el uso de mis pájaros y hombres —dijo Terence de Treve.
—Las tendrás —respondí.
—El pago se efectuará ahora mismo.
Desenvainé mi espada enojado y coloqué la punta del acero sobre su garganta.
—Mi palabra tiene el valor del acero.
—Los de Treve comprendemos ese sentido del honor —dijo Terence sonriendo. Bajé la espada.
—De todos los tarnsmanes de Puerto Kar, sólo tú has aceptado los riesgos que implica usar tarns sobre el mar.
Había otro tarnsman que acaso también hubiera aceptado el riesgo, pero él y sus mil hombres hacía varias semanas que habían abandonado la ciudad. Era Ha-Keel, el de la cicatriz, de cuyo cuello pendía una cadena de oro con el medallón conteniendo la efigie de un tarn en diamantes de la ciudad de Ar. Había matado para conseguir aquel medallón, para comprar sedas y perfumes para una mujer que le había abandonado por otro. Ha-Keel los había perseguido y matado al hombre en combate para luego vender a la mujer como esclava. Pero ya no podía regresar a Ar. Me habían informado que su ejército ahora trabajaba para la ciudad de Tor, realizando incursiones entre las tribus del desierto. Los servicios de Ha-Keel siempre serían para el mejor postor. Sabía que en una ocasión había servido a los Otros, aquellos que deseaban apoderarse de Gor y otros mundos. Había conocido a Ha-Keel en Turia en casa de Saphrar, el mercader.
—Recibiré las cien piedras de oro sea cual sea el resultado de vuestro plan —insistió Terence.
—¡Por supuesto! —dije mirándole fijamente—. Dame un aguijón.
Lo hizo al instante. Me quité la ropa de almirante y acepté la bufanda contra el viento que otro de los hombres me tendía.
Había empezado a caer aguanieve.
El tarn es un pájaro que encuentra difícil despegar cuando no hay tierra a su alrededor. Incluso espoleado por el aguijón, llega a rebelarse. Estos tarns estaban encapuchados. Al parecer su instinto les mantendría en contacto con la tierra, pero no sabíamos lo que ocurriría al quitárseles el capuchón. Quizá se negaran a abandonar el barco. Acaso enloquecieran de rabia o terror. Sabía de algunos tarns que habían matado a su jinete al intentar éste que volasen sobre el Mar de Thassa. No obstante, tenía la esperanza de que los pájaros al verse lejos de tierra se acomodaran a la nueva experiencia. Creía que en la extraña inteligencia del animal el temor era creado ante la posibilidad de perder el contacto visual de la tierra y no por el hecho de hallarse lejos de la misma. De todos modos no tardaríamos en saberlo.
Salté sobre la silla del tarn no encapuchado. Gritó mientras sujetaba la correa de seguridad. El aguijón pendía de mi muñeca derecha. Envolví la bufanda alrededor de mi rostro.
—Si consigo controlar al pájaro, sígueme y aténte a las instrucciones que te he dado.
—Deja que sea el primero en salir —sugirió Terence de Treve.
Sonreí. ¿Por qué un tarnsman de Ko-ro-ba, la de las Torres de la Mañana, ha de dar prioridad a uno de Treve, tradicionalmente enemigo suyo? Pero, por supuesto, no podía decirle esto.
—No —respondí sencillamente.
En uno de los pomos de la silla había un par de grilletes de esclavo y un trozo de soga. Los así e introduje en el interior de mi amplio cinturón.
Hice un movimiento y el tarn tiró de la argolla que sujetaba su pata derecha a la quilla del barco. La argolla se abrió. Tiré de la rienda número uno.
Para deleite mío el tarn batió alas y saltó fuera de la bodega. Se posó sobre la cubierta del barco redondo abriendo y cerrando las alas mientras miraba a su alrededor. Echó la cabeza hacia atrás y lanzó su aterrador graznido. Los diez tarns que aún había en la bodega se movieron inquietos y tiraron de las argollas que los sujetaban a la quilla.
El aguanieve azotaba mi rostro. Volví a tirar de la rienda y de nuevo el pájaro batió alas. Ahora estaba sobre el inclinado y largo palo del trinquete. Tenía la cabeza muy erguida y todos los nervios de su cuerpo parecían estar en tensión pero, no obstante, se detectaba su desconcierto. Observaba cuanto le rodeaba. No traté de apresurarle; acaricié su cuello y le hablé con suavidad. Tiré de la brida pero no se movió. Los espolones se aferraban al trinquete. No utilicé el aguijón; esperé mientras le acariciaba y hablaba con él. Y luego, de pronto, lancé un grito y tiré de la brida. El pájaro, debido al entrenamiento y a su instinto, se lanzó al viento y la nieve y empezó a elevarse en el oscuro cielo.
¡De nuevo cabalgaba sobre un tarn!
El pájaro ascendió hasta que solté la brida y entonces empezó a volar en círculo. Sus movimientos eran seguros y rápidos, como si volara sobre las montañas de Voltai o los canales de Puerto Kar.
Puse a prueba sus respuestas a las órdenes de las bridas. Eran inmediatas y llenas de entusiasmo. Me di cuenta de que el animal temblaba de placer al encontrarse vivo, rápido y fuerte ante un mundo que sus sentidos desconocían.
A mis pies ya veía el resto de los tarns sin sus capuchones y bozales. Los jinetes estaban ocupando las sillas. Algunos de los tarns ya habían saltado a las cubiertas. Vi ajustar las maromas a las sillas y a los marineros, expertos en el manejo de las armas, ocupar su posición. Cada tarnsman llevaba atado a la silla un farol protegido por una especie de escudo, y atados a través de las sillas un gran número de frascos de arcilla taponados con trapos. Sabía que aquellos frascos contenían aceite de tharlarión y los trapos que servían de tapón también estaban impregnados del mismo material.
De pronto, a mis espaldas cabalgaban cien tarnsmanes, y suspendidos en el espacio desde cada uno de aquellos pájaros colgaban cinco hombres azotados por el viento y la nieve.
También vi que las dos flotas bajo el mando de Chung y Nigel atacaban los flancos de la gran flota enemiga.
El enemigo aún no había tenido tiempo de calcular el número de este inesperado nuevo ataque. Seguido por los restantes tarnsmanes y los cinco expertos marineros nos lanzamos a través del aire y aguanieve hacia el lugar de la batalla.
En aquel torbellino de barcos de guerra y redondos intentando enzarzar al enemigo en la pelea vi, protegido por diez barcos de guerra a cada lado y otros diez delante y detrás, al barco insignia de la flota de Cos y Tyros. Era un barco enorme pintado de amarillo con más de doscientos remeros. Aquélla era la nave de Chenbar. Además de los remeros, que serían hombres libres, llevaría unos cien arqueros y ballesteros y otros cien hombres que serían marineros, artilleros, personal auxiliar y oficiales.
Tiré de la cuarta brida de mi tarn.
Casi al instante el barco se convirtió en el centro de una gran bandada de tarns que descendían sobre la cubierta. El mío aterrizó sobre el puente de popa y salté de la silla desenvainando la espada. También Chenbar, Ubar de Tyros y Eslín de los Mares, sobresaltado, desenvainó su espada.
—¡Tú! —gritó.
—Bosko, el capitán de Puerto Kar.
Nuestros aceros chocaron. Detrás se oían gritos y alaridos y el sonido de mis hombres cayendo de las maromas sobre la cubierta y el entrechocar de arma contra arma. También se oía el sonido de las ballestas.
Tan pronto un grupo de pájaros dejaba caer sobre cubierta a los hombres que había transportado, se alejaba para que un nuevo grupo de aves ocupara su lugar. Una vez descargados los hombres, los jinetes se elevaron en el oscuro y frío cielo para encender los trapos que servían de tapón a los frascos llenos de aceite de tharlarión y lanzarlos sobre las cubiertas de los barcos de Cos y Tyros. No esperaba que esta táctica creara grandes perjuicios en la flota enemiga, pero sí contaba con tres efectos psicológicos: el inesperado ataque aéreo, el terror que el ataque lateral había producido y la inesperada confusión y terror que produciría la pérdida de su gran comandante.
Resbalé sobre la helada cubierta y tuve que esquivar la espada que Chenbar dirigía a mi garganta. Me levanté de un salto y volvimos a cruzar nuestras armas. De repente los dos asimos el puño de la espada del rival. Le empujé y su cabeza golpeó contra el poste de popa. Por un instante temí haber roto la columna de mi enemigo. Solté la espada del almirante de Tyros y golpeé su estómago con el puño izquierdo. Al caer hacia el frente le arrebaté mi espada y con el otro puño golpeé fuertemente su mandíbula. Me giré. Mis hombres mantenían a raya a aquellos que querían subir al puente de popa. Chenbar había quedado de rodillas, aturdido. Saqué los grilletes de esclavo de mi cinturón y los cerré sobre sus muñecas. Luego, sobre el estómago, lo arrastré hasta los espolones de mi tarn. Con la cuerda até los grilletes a la pata derecha de mi pájaro. Chenbar intentó levantarse, pero poniendo un pie sobre su nuca lo mantuve tumbado. Miré a mi alrededor.
Mis hombres estaban empujando a los defensores de la nave a los costados y obligándoles a lanzarse a las frías aguas del Thassa. Aquellos hombres no habían esperado un ataque semejante y la resistencia era realmente escasa. Además el número de mis hombres era muy superior al del enemigo.
Aquellos que se habían lanzado al agua nadaban para alcanzar otros barcos de Tyros que trataban de aproximarse al barco insignia con el fin de abordarlo.
Flechas de ballesta empezaban a caer sobre la cubierta.
—Mantened a los hombres de Tyros que quedan a bordo sobre cubierta —ordené.
Oí una voz que, a través de las aguas, gritaba.
—¡Dejad de disparar!
Y el primero de los tarns, que ya se había desprendido de su carga de aceite ardiendo, regresó al buque insignia. Cinco de mis hombres. Asieron la soga que pendía y, al instante, ascendieron para alejarse apresuradamente.
—Prended fuego al barco —grité a mis hombres.
Abandonaron la cubierta e iniciaron fuegos en las bodegas.
Llegaron más tarns y más de mis hombres, en ocasiones hasta seis o siete, se asieron a las sogas que pendían de las sillas para desaparecer casi al instante.
El humo empezaba a filtrarse a través de las maderas de la cubierta.
Uno de los barcos de la flota de Cos se colocó al costado del buque insignia. Mis hombres repelieron a los que iniciaron el abordaje y con ayuda de remos lo apartaron. Otro golpeó el otro costado segando los remos. Mis hombres se prepararon para atacar a los que intentaran el abordaje.
—Mirad —gritó uno de los míos.
Todos daban gritos de alegría. En el barco ondeaba la bandera de Bosko, con su fondo blanco y verdes barras.
—¡Es Tab! —gritaban—. ¡Es Tab!
Era el Venna, que se había abierto camino para salvarnos. Sólo tuve una breve visión de Tab, sudando a pesar del frío, con la túnica rasgada y la espada en la mano, sobre el puente del Venna.
Y al otro costado apareció el Tela, el hermano gemelo del Venna. Las pesadas cintas de protección y las vigas paralelas que protegían el casco habían sido casi arrancadas. Mis hombres saltaban a uno u otro de los barcos.
Hice señales a los tarnsmanes que regresaban para recoger a mis hombres de que volvieran a sus bases. A lo lejos podía ver a los barcos envueltos en llamas. De repente también las llamas se apoderaron de la cubierta del buque insignia. Los últimos hombres de Tyros que quedaban en el barco se lanzaron al agua tratando de alcanzar alguno de sus otros barcos.
Solamente Chenbar y yo quedábamos sobre la cubierta del buque insignia.
Ocupé la silla de mi tarn. Una flecha pasó cerca de mí yendo a clavarse sobre la cubierta en llamas.
Chenbar movió la cabeza. Se levantó de un salto y alzando las muñecas encadenadas gritó a los barcos que estaban apartados:
—¡Luchad! ¡Luchad!
Tiré de la primera brida y el tarn se elevó en el aire mientras Chenbar de Kasra, Ubar de Tyros y Eslín de los Mares, atado por los grilletes de esclavo se balanceaba en el aire, azotado por la furia del
viento, la lluvia y la nieve, cautivo de Bosko, el capitán de Puerto Kar y
almirante de su flota.