La rodeaba, dulce, amorosa y
sin collar, con mis brazos.
—Mi Ubar —susurró.
—Amo —corregí, besándola.
—¿No preferirías ser mi Ubar
antes que mi amo? —preguntó apartándose de mí.
—Sí, lo preferiría.
—Eres las dos cosas para mí.
—Ubara —susurré junto al oído.
—Sí, soy tu Ubara... y tu
esclava.
—No tienes collar.
—Mi amo lo quitó para poder
besar con mayor facilidad mi garganta.
Pasé la mano por la espalda y
sentí las cinco marcas del látigo que el jefe de cocina la proporcionara tan
sólo unas horas antes.
—A veces mi Ubar es un poco
infantil. Abandoné mi puesto sin su permiso y, como es natural, me mandó
azotar. —Me miraba sonriendo—. He merecido muchos castigos, pero no siempre los
he recibido.
Telima era goreana hasta los
huesos. En mí siempre habría algo de la Tierra. En el caso de Telima no se
presentaría la opción de enviarla al planeta Tierra. En aquel superpoblado
desierto de hipocresías e histeria, de violencia, se marchitaría lentamente
hasta ennegrecer como algunas extrañas y bellas plantas de los pantanos,
arrancadas y lanzadas a las rocas por el simple hecho de verlas morir.
—¿Continúas triste, mi Ubar?
—preguntó.
—No —respondí besándola.
Busqué en torno mío y encontré
el brazalete de oro. Lo deslicé de nuevo en su brazo.
De un salto se puso en pie
sobre las pieles del lecho y levantó el brazo izquierdo.
—¡Soy Ubara! —exclamó.
—Generalmente una Ubara lleva
algo más que un brazalete de oro.
—¿En la cama de su Ubar?
—Bueno, no estoy muy enterado,
en realidad.
—Se lo preguntaré a la nueva
chica de las cocinas —dijo con una mirada llena de picardía.
—¡Perversa! —dije, cogiéndola
por uno de los tobillos.
Se dejó caer tendida sobre las
pieles.
—¿Cómo te atreves a calificar
así a tu Ubara, esclavo?
Saltó de la cama riendo y yo,
también riendo, corrí tras ella. Corría de un lado a otro y yo la perseguía
pero, por fin, conseguí atraparla en un ángulo y cerré el collar alrededor de
su garganta. Luego, tomándola entre mis brazos, la llevé al lecho dejándola
caer sobre las pieles. Tiró del collar con furia mientras me miraba. Agarré las
muñecas.
—Nunca conseguirás domarme
—siseó como una serpiente.
La besé.
—Bueno, quizá seas tú quien
consiga domarme —dije besándola de nuevo.
—¡Ah! También existe la
posibilidad que, al final, sea yo la que sucumba.
—Te amo.
—Y yo también a ti, Telima.
—Pero algún día tendrás que
amarme como esclava —dijo burlona.
—¡Las mujeres!
—Toda mujer quisiera ser amada
como Ubara, pero en ocasiones no está mal ser amada como esclava.
Durante largo rato
permanecimos unidos en un abrazo sin decir palabra.
—Mi Ubar.
—¿Sí?
—Hace años, cuando era muy
joven, recuerdo haber oído cantar acerca de Tarl de Bristol, el héroe del poema
que cantó el ciego en la fiesta.
—¿En los pantanos? —pregunté.
—Sí, a veces alguien que
cantaba pasaba por las islas de rence, pero también oí cantar de él en Puerto
Kar, en casa de mi amo.
Telima nunca había hablado
mucho acerca de su esclavitud en Puerto Kar. Sabía que había odiado a su amo,
de quien había escapado. Presentía que la esclavitud había dejado profundas
huellas en ella. En los pantanos había tenido el infortunio de probar los odios
y frustraciones creados en ella.
Era una mujer extraña. Me
preguntaba cómo había conseguido aquel brazalete de oro y me intrigaba que una
hija de las islas de rence fuera capaz de leer la inscripción que había hecho
grabar en el collar de esclava. Pero no dije nada de todo esto ya que ella
hablaba, como en sueños, de pasados recuerdos.
—Cuando era una joven en la
isla y luego, en la jaula de esclava, en casa de mi amo, pasaba muchas horas
pensando en los cantos y en los héroes.
Acaricié su mano.
—Y en ocasiones, incluso con
frecuencia, pensaba en ese héroe llamado Tarl de Bristol.
Continué callado.
—¿No crees que existe tal
hombre?
—No.
—¿Pero no podría existir un
hombre como él?
—Quizás exista en las
canciones, pero sólo en ellas.
—¿Es qué no existen los
héroes? —preguntó riendo.
—No, los héroes no existen.
Ella calló esta vez.
—Sólo existen los seres
humanos —continué.
Permanecí con los ojos fijos
en el cielo durante largo tiempo.
—Los seres humanos son
débiles, capaces de crueldad. Son egoístas, vanos y mezquinos. Hay en ellos
mucha fealdad y cosas despreciables. Todos los hombres tienen un precio. No, no
existen los héroes, no existen los Tarl de Bristol.
—Sólo hay oro y acero —dijo
ella sonriendo.
—Y cuerpos de mujeres —añadí.
—Y canciones.
—Sí, y también canciones.
Dejó descansar la cabeza sobre
mi hombro.
En la lejanía, muy tenue, sonó
una gran barra de metal. Aunque era muy temprano empecé a oír ruidos en la
casa. Algunos hombres corrían de un lado a otro por los corredores; gritaban.
Me senté en el lecho y empecé
a vestirme. Alguien se aproximaba a mi habitación corriendo.
—La espada —dije a Telima.
Saltó de la cama y recogió la
espada que tirara contra la pared cuando estuve a punto de matarla.
Enfundé el arma y sujeté las
correas del cinto alrededor de mi cuerpo.
Los pasos se habían parado al
otro lado de la puerta y ahora golpeaban sobre ella.
—Capitán.
Era la voz de Thurnock.
—Entra —ordené.
Thurnock irrumpió en la
habitación. Parecía un loco. Sostenía una antorcha, el cabello revuelto y los
ojos extraviados.
—Acaban de regresar barcos
patrullas. Las flotas de Cos y Tyros están a pocas horas de distancia.
—Equipad los barcos —ordené.
—No hay tiempo. Los capitanes
están huyendo. Todo aquel que puede huye de Puerto Kar.
Le miré fijamente.
—Huid, mi capitán, huid.
—Puedes irte, Thurnock.
Me miró confuso y luego giró,
alejándose tambaleantemente por el corredor. Una joven gritó aterrada en algún
lugar de la casa.
Me vestí y coloqué la espada
sobre el hombro izquierdo.
—Prepara tus barcos y los
hombres que te queden y llévate los tesoros que puedas, pero huye; huye mi Ubar
—me decía Telima—. ¡Deja que muera Puerto Kar!
Recogí el medallón de oro con
la cinta escarlata y lo guardé en una pequeña faltriquera.
—¡Deja que arda Puerto Kar!
¡Deja que muera!
—Es mi ciudad y es deber mío
defenderla.
Lloraba cuando salí de la
habitación.
Por extraño que parezca mi
mente carecía de puntos fijos. Me dirigía al salón donde se había celebrado la
fiesta, pero avanzaba como si fuera otro hombre. Sabía lo que iba a hacer pero
ignoraba por qué lo hacía.
Me sorprendió encontrar en el
salón a los oficiales de mis hombres. Creo que no faltaba ni tan siquiera uno
de ellos. Los miré uno a uno. El enorme Thurnock, ahora tranquilo y seguro;
Clitus, el astuto jefe de remeros, y todos los demás. Muchos de ellos eran
asesinos, piratas, y me preguntaba por qué estaban ahora en aquella habitación.
Una puerta lateral se abrió y
Tab penetró en el salón. La espada pendía de su hombro izquierdo.
—Lo siento, capitán, pero
estaba preparando mi barco.
Nos miramos cara a cara y, al
cabo de un instante, sonreí.
—Soy muy afortunado teniendo a
alguien tan diligente como tú a mi servicio.
—Capitán.
—Thurnock, ordené que los
barcos estuvieran listos, ¿no es así?
—Tus órdenes están siendo
ejecutadas.
—¿Qué hemos de hacer?
—preguntó uno de los capitanes.
¿Qué podía decirles? Si las
flotas estaban tan próximas, poco podía hacerse, excepto huir o luchar, pero no
estábamos realmente preparados para hacer una u otra cosa. Ni siquiera
invirtiendo los tesoros que había traído conmigo habríamos conseguido equipar
una flota capaz de enfrentarse a la que estaba a punto de atacarnos.
—¿Cuántos barcos calculas
componen las flotas de Cos y Tyros? —pregunté a Tab.
—Unos cuatro mil —respondió
sin mostrar la menor duda.
—¿De guerra?
—Todos.
Su cálculo coincidía con los
informes que mis espías me habían enviado. Al parecer, una red de cien pasangs
de anchura se estaba extendiendo sobre Puerto Kar. Lo único que mis espías no
habían podido concretar era la fecha de salida, pero en realidad no podía
culparlos porque normalmente tales datos no se hacen públicos. Los barcos
pueden ser equipados con suma rapidez si el material y la tripulación están
preparados. Tanto yo como el consejo habíamos calculado mal los daños causados
a las flotas de Cos y Tyros durante la captura del tesoro. No había esperado
que el ataque se realizara antes de la llegada de la primavera. Además,
estábamos ultimando la estación de Se’Kara, época de grandes temporales en el
Mar de Thassa. Nos habían cogido desprevenidos, pero también era peligroso para
ellos. En aquel osado ataque no podía vislumbrar la mano de Lurius, Ubar de
Cos, sino el brillante cerebro de Chenbar de Kasra, Ubar de Tyros, el Eslín del
Mar. Admiraba a aquel hombre. Era un buen capitán.
—¿Qué hemos de hacer, capitán?
—preguntó el oficial de nuevo.
—¿Qué sugieres? —pregunté
sonriendo.
—Sólo hay una solución.
Preparar los barcos, cargar el tesoro y los esclavos y escapar. Somos fuertes y
conseguiremos apoderarnos de alguna isla, alguna de las que hay al norte. Allí
podrás ser Ubar y nosotros tus hombres.
—Hay muchos capitanes que ya
van rumbo a las islas del norte —dijo otro de los oficiales.
—Thassa es grande y hay muchas
islas y muchos puertos.
—¿Y qué le ocurrirá a Puerto
Kar? —pregunté.
—No tiene Piedra del Hogar
—dijo uno de los hombres.
Sonreí. Era verdad. Puerto Kar
era la única ciudad en Gor que no tenía Piedra del Hogar. El oficial había
dicho bien claro que dejáramos que la gente de Cos y Tyros quemaran y saquearan
la ciudad. Sólo por ese hecho.
—¿Cuántos de vosotros creéis
que Puerto Kar carece de Piedra del Hogar? —pregunté.
Los hombres me miraron
desconcertados. Nadie se atrevía a hablar.
—Creo que podría tener Piedra
del Hogar —dijo Tab al cabo de un rato.
—Pero aún no la tiene,
¿verdad?
—No —respondió.
—Me pregunto cómo será vivir
en una ciudad que la tenga.
—¿Cómo puede conseguir una
ciudad su Piedra del Hogar? —pregunté.
—Los hombres que viven en ella
deciden que han de tenerla.
—Sí, así es cómo una ciudad
consigue tener su Piedra del Hogar.
Los hombres volvieron a
mirarse desconcertados.
—Traedme al esclavo Pez
—ordené.
Sabía que ninguno de los
esclavos podía haber huido. La alarma se había dado durante la noche, momento
en que los esclavos son encadenados. Incluso Mídice, cuando terminaba con ella,
era encadenada por el tobillo derecho al pie de la cama. Pez habría sido
encadenado junto a Vina en algún rincón de las cocinas.
El chico llegó a mi presencia
pálido y dando muestras de alarma.
—Sal fuera, busca una roca y
tráemela —ordené.
Me miró.
Dio media vuelta y salió
corriendo de la habitación.
Esperamos sin hablar hasta su
regreso. Mostró una roca algo mayor que mi puño. No era más que una simple
roca, no muy grande, gris, pesada y de textura granular. La cogí.
—Un cuchillo —pedí.
Alguien me lo entregó.
Corté sobre la roca en
caligrafía goreana las iniciales de Puerto Kar. Luego extendí la mano con la
piedra sobre la palma. Todos los hombres podían verla.
—¿Qué tengo en la mano? —pregunté.
—La Piedra del Hogar de Puerto
Kar —dijo Tab con solemnidad.
—Y ahora, ¿crees que hemos de
huir? —pregunté al hombre que había dicho que sólo nos quedaba esa salida.
Miró a la piedra en mi mano
con expresión de desconcierto.
—Si tenemos Piedra del Hogar,
no hemos de huir —dijo.
Levanté la mano en que
sostenía la piedra.
—¿La tenemos? —pregunté a los
hombres que me rodeaban.
—Yo la acepto como mi Piedra
del Hogar —dijo el esclavo Pez. Ni uno solo de mis hombres rió. El primero en
aceptarla como tal había sido un esclavo, pero había hablado como si de un Ubar
se tratara.
—Yo también —dijo Thurnock con
su potente y retumbante voz.
—Y yo —dijo Clitus.
—Y yo —añadió Tab.
—Y yo también —gritó uno de
los hombres. Y de pronto, el salón estaba lleno de gritos y vítores y más de
cien espadas brillaban saludando a la Piedra del Hogar de Puerto Kar. Vi a
muchos marineros llorar mientras blandían sus armas. Y ahora el salón estaba
lleno de alegría, de una sensación de victoria, de un recóndito significado, de
lágrimas y de un inmenso amor que todo lo abarcaba.
—Suelta a todos los esclavos y
diles que recorran la ciudad, que vayan a los muelles, al arsenal, a las
plazas, a los mercados, a todas partes, y que pregonen las nuevas, que digan
que Puerto Kar tiene Piedra del Hogar —ordené a Thurnock.
Muchos abandonaron el salón
para poner en práctica mis órdenes.
—¡Oficiales a los barcos!
Desde vuestras líneas pasado el puerto, cuatro pasangs al oeste de los muelles
de Sevarius. Thurnock y Clitus, permaneced aquí —ordené.
—No —gritaron los dos a la
vez.
—Obedeced —ordené.
Se miraron sin llegar a
comprender.
No me sentía capaz de
enviarlos a una muerte segura. No existía esperanza alguna de que reuniéramos
suficientes barcos como para repeler el ataque de las flotas de Cos y Tyros.
Salí del salón con la Piedra
del Hogar en la mano.
Fuera de la casa, en el amplio
paseo que bordeaba el lago que daba a las puertas del canal, ordené que
preparasen un rápido y largo barco con proa que semejaba la cabeza del tharlarión.
Incluso allí podía oír a la
multitud gritando que Puerto Kar tenía Piedra del Hogar y veía las antorchas
avanzando por los estrechos caminos que bordeaban los canales.
—Ubar —susurraron a mi
espalda, y me giré para tomar a Telima entre mis brazos—. Huye —rogó con
lágrimas en los ojos.
—Escucha, escucha lo que
dicen.
—Dicen que Puerto Kar tiene
Piedra del Hogar, pero eso no es cierto. Todo el mundo lo sabe.
—Si los hombres quieren que la
tenga, entonces la tendrá.
—Huye.
La besé y salté a la barca que
esperaba junto al paseo.
Los hombres empezaron a remar
antes de que diera la orden.
—Al Consejo de los Capitanes.
La cabeza del tharlarión giró
hacia la puerta del canal.
Me volví para agitar la mano
en señal de despedida y vi a Telima junto a la entrada, en su túnica de esclava
de la olla, iluminada por las antorchas. Levantó la mano devolviéndome el
saludo.
Ocupé mi asiento en la larga
barca.
—Chico, éste va a ser trabajo
de hombres.
—Soy un hombre, capitán.
Volví la cabeza y vi que junto
a Telima ahora estaba la esclava Vina, pero Pez no miró atrás.
La barca avanzó a través de
los canales hacia el Consejo de los Capitanes. Había antorchas en todas partes
y luces en las ventanas. Oíamos los gritos que como olas se extendían por la
ciudad o como una chispa prendía en el corazón de los hombres. Ahora todos
sabían que en Puerto Kar había una Piedra del Hogar.
Un hombre estaba en el
estrecho camino junto al canal. Llevaba un bulto a la espalda.
—Almirante, ¿es verdad lo que
se dice? —preguntó.
—Si quieres que sea verdad, lo
será —respondí.
Me miró desconcertado mientras
la barca pasaba ante él dejándole a nuestras espaldas. Pasados unos momentos
miré hacia atrás y vi que nos seguía a pie.
—Hay una Piedra de Hogar en
Puerto Kar —gritaba.
Otras personas se paraban para
escucharle y luego se unían a él, que no cesaba de seguirnos.
Los canales por los que
pasábamos estaban llenos de barcas cargadas de enseres que iban de un lado a
otro. Parecía como si todo aquel que pudiera hacerlo escapara de la ciudad.
Me habían dicho que barcos
grandes cargados de cientos de hombres habían zarpado y debían encontrarse ya
en alta mar. También que los muelles estaban abarrotados de barcas grandes que
pedían cantidades desmedidas por un pasaje para escapar de la ciudad. Pensé que
muchas fortunas cambiarían de mano aquella noche.
A veces nuestros remos se
enlazaban con los de otra nave y teníamos que detenernos para separar una barca
de la otra antes de continuar nuestro camino. Algunos niños lloraban. Una madre
gritó asustada. Los hombres vociferaban. En todas partes se veían figuras
oscuras con bultos a la espalda apresurándose a los lados de los canales.
Pasaban muchas barcas cargadas de gente y enseres. Muchos de los que pasaban
cerca de nosotros me preguntaban:
—¿Es verdad, almirante, que
hay una Piedra del Hogar en Puerto Kar?
—Si quieres que sea verdad,
verdad será —respondía.
Vi cómo el timonel de una de
las barcas cambiaba el rumbo. Ahora había antorchas a ambos lados del canal,
largas hileras de hombres nos seguían y también algunas barcas empezaron a
hacerlo.
Y oí a mis espaldas que los
hombres gritaban:
—Hay una Piedra del Hogar en
Puerto Kar. Hay una Piedra del Hogar en Puerto Kar.
Y a este grito se iban uniendo
cientos y miles de hombres de todas partes.
Vi hombres que cesaban en su
huida y barcas que giraban y hombres que salían de los edificios y se unían a
los que avanzaban por las estrechas calles que bordeaban los canales y vi cómo
tiraban los bultos que llevaban al hombro y desnudaban sus espadas, y no tardó
en haber miles de personas siguiéndonos hasta la plaza, ante el salón del
Consejo de los Capitanes.
Incluso antes de que mi hombre
a la proa hubiera amarrado la barca, yo cruzaba la plaza a grandes zancadas con
la capa flotando a mis espaldas.
Cuatro miembros de la Guardia
del Consejo presentaron armas al verme llegar. Pasé ante ellos y penetré en el
salón.
Había velas encendidas sobre
varias de las mesas, papeles y documentos por todas partes, pocos escribas y
pajes. De los setenta u ochenta capitanes que normalmente acudían sólo treinta
o cuarenta estaban presentes. Al entrar, dos o tres capitanes abandonaban el
salón. El escriba sentado ante la gran mesa me miró. Mi mirada recorrió el
lugar. Todos guardaban silencio. Samos estaba presente, el rostro oculto entre
las manos y los codos sobre las rodillas. Dos capitanes se pusieron en pie y
abandonaron el salón. Uno de ellos paró ante Samos antes de salir.
—Avía tus barcos. No queda
mucho tiempo para huir.
Samos hizo un gesto indicando
que se alejara.
Ocupé mi asiento.
—Pido la palabra —dije al
escriba como si se tratara de una de las usuales reuniones del consejo.
El escriba me miró
desconcertado. Los capitanes levantaron la cabeza para mirarme.
—Habla —dijo el escriba.
—¿Cuántos de vosotros estáis
listos para emprender la defensa de la ciudad?
—¿Acaso bromeáis? —inquirió
Bejar, el del largo cabello negro—. La mayoría de los capitanes ya han
abandonado la ciudad —continuó con tono irritado—. También cientos de los que
no pertenecen al consejo. Los barcos redondos y largos están dejando el puerto
y todo aquel que tiene una posibilidad huye de Puerto Kar. El pánico cunde en
la ciudad. No quedan barcos con los que luchar.
—La gente huye. No quiere
luchar. Son verdaderos habitantes de Puerto Kar —dijo Antisthenes.
—¿Quién sabe lo que es
realmente Puerto Kar? —pregunté a Antisthenes. Samos levantó la cabeza y me
miró.
—¡Escuchad! —dije—. La gente
está ahí fuera.
Los hombres del consejo
levantaron la cabeza. A través de los gruesos muros y las altas y estrechas
ventanas del salón llegaba el rumor de la multitud.
—Vienen a matarnos —gritó
Bejar desenvainando su espada.
—¡No! —dijo Samos levantando
la mano—. ¡Escuchad!
—¿Qué dicen?
Un paje penetró en el salón
corriendo.
—Hay miles de personas en la
plaza con antorchas —dijo.
—¿Qué dicen? —preguntó Bejar.
—Dicen que Puerto Kar tiene
Piedra del Hogar.
—Pero no hay tal Piedra del
Hogar —dijo Antisthenes.
—Sí la hay —interrumpí.
Los capitanes se volvieron a
mirarme.
Samos echó la cabeza hacia
atrás y lanzó una sonora carcajada mientras golpeaba los brazos de su sillón
curial. Los demás capitanes se unieron a sus risas.
—No hay Piedra del Hogar en
Puerto Kar —dijo Samos, aún riendo.
—Yo la he visto —dijo una voz
casi a mi costado.
Aquella voz me había
sobresaltado. Miré a mi alrededor y me horrorizó ver al joven esclavo Pez. Los
esclavos no pueden entrar en el salón de los capitanes. Al parecer, debido a la
oscuridad, me había seguido hasta allí.
—Atad a ese esclavo y azotadlo
—ordenó el escriba.
Samos con un gesto le hizo
callar.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Un esclavo. Me llamo Pez.
Los capitanes empezaron a
reír.
—Pero he visto la Piedra del
Hogar de Puerto Kar —dijo el chico con firmeza.
—Chico, no hay Piedra del
Hogar en Puerto Kar —insistió Samos.
Sin apresurarme saqué de
debajo de la capa el objeto que todo el tiempo había mantenido oculto. Todos me
miraban fijamente. Con mucha lentitud empecé a separar la seda que cubría el
objeto.
—Es la Piedra del Hogar de
Puerto Kar —dijo el muchacho.
Los hombres continuaban
callados.
—Capitanes, acompañadme a la
escalinata que hay a la entrada del salón —dije dirigiéndome a la entrada.
Todos me siguieron y en unos
momentos estábamos sobre la escalinata de mármol que daba entrada al salón de
los capitanes.
—¡Es Bosko! ¡Es Bosko, el
almirante! —gritaba la gente.
Miré aquellos miles de rostros
y aquellos centenares de antorchas. Tras las cabezas podía ver los canales en
cuyas aguas había cientos de barcos cuyas gentes también portaban antorchas que
reflejaban sus llamas sobre los más cercanos muros y sobre las aguas. Miré a
toda aquella gente sin despegar los labios; luego levanté el brazo derecho y
descansando sobre la palma de la mano, por encima de mi cabeza, estaba la
piedra.
—¡La Piedra del Hogar de
Puerto Kar! ¡La Piedra! —gritaban ahora miles de personas.
Ahora todo eran vítores,
gritos, saludos, antorchas y armas desenvainadas. Vi llorar a los hombres y a
las mujeres. Vi a los padres levantar a sus hijos sobre los hombros para que
vieran la piedra. Creo que todos aquellos gritos debieron llegar hasta las
lunas de Gor.
—Veo, sin lugar a dudas, que
hay Piedra del Hogar en Puerto Kar —dijo Samos a mi lado.
—Tú no huiste; tampoco los
otros capitanes ni toda esta gente —respondí.
Me miró intrigado.
—Creo que siempre hubo Piedra
del Hogar. Lo que ocurría es que hasta esta noche nadie la había encontrado
—continué diciendo.
Cerca de mí vi al joven
esclavo gritando de alegría y en sus ojos relucían las lágrimas. Y vi muchas más
lágrimas en los ojos de los que sostenían antorchas. A nuestro entorno todo
eran gritos y lágrimas.
—Sí, capitán, creo que tenéis
muchísima razón —dijo Samos muy quedamente.
