16-LO QUE SUCEDIÓ UNA NOCHE EN PUERTO KAR
                
            La rodeaba, dulce, amorosa y sin collar, con mis brazos.
   —Mi Ubar —susurró.
   —Amo —corregí, besándola.
   —¿No preferirías ser mi Ubar antes que mi amo? —preguntó apartándose de mí.
   —Sí, lo preferiría.
   —Eres las dos cosas para mí.
   —Ubara —susurré junto al oído.
   —Sí, soy tu Ubara... y tu esclava.
   —No tienes collar.
   —Mi amo lo quitó para poder besar con mayor facilidad mi garganta.
   Pasé la mano por la espalda y sentí las cinco marcas del látigo que el jefe de cocina la proporcionara tan sólo unas horas antes.
   —A veces mi Ubar es un poco infantil. Abandoné mi puesto sin su permiso y, como es natural, me mandó azotar. —Me miraba sonriendo—. He merecido muchos castigos, pero no siempre los he recibido.
   Telima era goreana hasta los huesos. En mí siempre habría algo de la Tierra. En el caso de Telima no se presentaría la opción de enviarla al planeta Tierra. En aquel superpoblado desierto de hipocresías e histeria, de violencia, se marchitaría lentamente hasta ennegrecer como algunas extrañas y bellas plantas de los pantanos, arrancadas y lanzadas a las rocas por el simple hecho de verlas morir.
   —¿Continúas triste, mi Ubar? —preguntó.
   —No —respondí besándola.
   Busqué en torno mío y encontré el brazalete de oro. Lo deslicé de nuevo en su brazo.
   De un salto se puso en pie sobre las pieles del lecho y levantó el brazo izquierdo.
   —¡Soy Ubara! —exclamó.
   —Generalmente una Ubara lleva algo más que un brazalete de oro.
   —¿En la cama de su Ubar?
   —Bueno, no estoy muy enterado, en realidad.
   —Se lo preguntaré a la nueva chica de las cocinas —dijo con una mirada llena de picardía.
   —¡Perversa! —dije, cogiéndola por uno de los tobillos.
   Se dejó caer tendida sobre las pieles.
   —¿Cómo te atreves a calificar así a tu Ubara, esclavo?
   Saltó de la cama riendo y yo, también riendo, corrí tras ella. Corría de un lado a otro y yo la perseguía pero, por fin, conseguí atraparla en un ángulo y cerré el collar alrededor de su garganta. Luego, tomándola entre mis brazos, la llevé al lecho dejándola caer sobre las pieles. Tiró del collar con furia mientras me miraba. Agarré las muñecas.
   —Nunca conseguirás domarme —siseó como una serpiente.
   La besé.
   —Bueno, quizá seas tú quien consiga domarme —dije besándola de nuevo.
   —¡Ah! También existe la posibilidad que, al final, sea yo la que sucumba.
   —Te amo.
   —Y yo también a ti, Telima.
   —Pero algún día tendrás que amarme como esclava —dijo burlona.
   —¡Las mujeres!
   —Toda mujer quisiera ser amada como Ubara, pero en ocasiones no está mal ser amada como esclava.
   Durante largo rato permanecimos unidos en un abrazo sin decir palabra.
   —Mi Ubar.
   —¿Sí?
   —Hace años, cuando era muy joven, recuerdo haber oído cantar acerca de Tarl de Bristol, el héroe del poema que cantó el ciego en la fiesta.
   —¿En los pantanos? —pregunté.
   —Sí, a veces alguien que cantaba pasaba por las islas de rence, pero también oí cantar de él en Puerto Kar, en casa de mi amo.
   Telima nunca había hablado mucho acerca de su esclavitud en Puerto Kar. Sabía que había odiado a su amo, de quien había escapado. Presentía que la esclavitud había dejado profundas huellas en ella. En los pantanos había tenido el infortunio de probar los odios y frustraciones creados en ella.
   Era una mujer extraña. Me preguntaba cómo había conseguido aquel brazalete de oro y me intrigaba que una hija de las islas de rence fuera capaz de leer la inscripción que había hecho grabar en el collar de esclava. Pero no dije nada de todo esto ya que ella hablaba, como en sueños, de pasados recuerdos.
   —Cuando era una joven en la isla y luego, en la jaula de esclava, en casa de mi amo, pasaba muchas horas pensando en los cantos y en los héroes.
   Acaricié su mano.
   —Y en ocasiones, incluso con frecuencia, pensaba en ese héroe llamado Tarl de Bristol.
   Continué callado.
   —¿No crees que existe tal hombre?
   —No.
   —¿Pero no podría existir un hombre como él?
   —Quizás exista en las canciones, pero sólo en ellas.
   —¿Es qué no existen los héroes? —preguntó riendo.
   —No, los héroes no existen.
   Ella calló esta vez.
   —Sólo existen los seres humanos —continué.
   Permanecí con los ojos fijos en el cielo durante largo tiempo.
   —Los seres humanos son débiles, capaces de crueldad. Son egoístas, vanos y mezquinos. Hay en ellos mucha fealdad y cosas despreciables. Todos los hombres tienen un precio. No, no existen los héroes, no existen los Tarl de Bristol.
   —Sólo hay oro y acero —dijo ella sonriendo.
   —Y cuerpos de mujeres —añadí.
   —Y canciones.
   —Sí, y también canciones.
   Dejó descansar la cabeza sobre mi hombro.
   En la lejanía, muy tenue, sonó una gran barra de metal. Aunque era muy temprano empecé a oír ruidos en la casa. Algunos hombres corrían de un lado a otro por los corredores; gritaban.
   Me senté en el lecho y empecé a vestirme. Alguien se aproximaba a mi habitación corriendo.
   —La espada —dije a Telima.
   Saltó de la cama y recogió la espada que tirara contra la pared cuando estuve a punto de matarla.
   Enfundé el arma y sujeté las correas del cinto alrededor de mi cuerpo.
   Los pasos se habían parado al otro lado de la puerta y ahora golpeaban sobre ella.
   —Capitán.
   Era la voz de Thurnock.
   —Entra —ordené.
   Thurnock irrumpió en la habitación. Parecía un loco. Sostenía una antorcha, el cabello revuelto y los ojos extraviados.
   —Acaban de regresar barcos patrullas. Las flotas de Cos y Tyros están a pocas horas de distancia.
   —Equipad los barcos —ordené.
   —No hay tiempo. Los capitanes están huyendo. Todo aquel que puede huye de Puerto Kar.
   Le miré fijamente.
   —Huid, mi capitán, huid.
   —Puedes irte, Thurnock.
   Me miró confuso y luego giró, alejándose tambaleantemente por el corredor. Una joven gritó aterrada en algún lugar de la casa.
   Me vestí y coloqué la espada sobre el hombro izquierdo.
   —Prepara tus barcos y los hombres que te queden y llévate los tesoros que puedas, pero huye; huye mi Ubar —me decía Telima—. ¡Deja que muera Puerto Kar!
   Recogí el medallón de oro con la cinta escarlata y lo guardé en una pequeña faltriquera.
   —¡Deja que arda Puerto Kar! ¡Deja que muera!
   —Es mi ciudad y es deber mío defenderla.
   Lloraba cuando salí de la habitación.
   Por extraño que parezca mi mente carecía de puntos fijos. Me dirigía al salón donde se había celebrado la fiesta, pero avanzaba como si fuera otro hombre. Sabía lo que iba a hacer pero ignoraba por qué lo hacía.
   Me sorprendió encontrar en el salón a los oficiales de mis hombres. Creo que no faltaba ni tan siquiera uno de ellos. Los miré uno a uno. El enorme Thurnock, ahora tranquilo y seguro; Clitus, el astuto jefe de remeros, y todos los demás. Muchos de ellos eran asesinos, piratas, y me preguntaba por qué estaban ahora en aquella habitación.
   Una puerta lateral se abrió y Tab penetró en el salón. La espada pendía de su hombro izquierdo.
   —Lo siento, capitán, pero estaba preparando mi barco.
   Nos miramos cara a cara y, al cabo de un instante, sonreí.
   —Soy muy afortunado teniendo a alguien tan diligente como tú a mi servicio.
   —Capitán.
   —Thurnock, ordené que los barcos estuvieran listos, ¿no es así?
   —Tus órdenes están siendo ejecutadas.
   —¿Qué hemos de hacer? —preguntó uno de los capitanes.
   ¿Qué podía decirles? Si las flotas estaban tan próximas, poco podía hacerse, excepto huir o luchar, pero no estábamos realmente preparados para hacer una u otra cosa. Ni siquiera invirtiendo los tesoros que había traído conmigo habríamos conseguido equipar una flota capaz de enfrentarse a la que estaba a punto de atacarnos.
   —¿Cuántos barcos calculas componen las flotas de Cos y Tyros? —pregunté a Tab.
   —Unos cuatro mil —respondió sin mostrar la menor duda.
   —¿De guerra?
   —Todos.
   Su cálculo coincidía con los informes que mis espías me habían enviado. Al parecer, una red de cien pasangs de anchura se estaba extendiendo sobre Puerto Kar. Lo único que mis espías no habían podido concretar era la fecha de salida, pero en realidad no podía culparlos porque normalmente tales datos no se hacen públicos. Los barcos pueden ser equipados con suma rapidez si el material y la tripulación están preparados. Tanto yo como el consejo habíamos calculado mal los daños causados a las flotas de Cos y Tyros durante la captura del tesoro. No había esperado que el ataque se realizara antes de la llegada de la primavera. Además, estábamos ultimando la estación de Se’Kara, época de grandes temporales en el Mar de Thassa. Nos habían cogido desprevenidos, pero también era peligroso para ellos. En aquel osado ataque no podía vislumbrar la mano de Lurius, Ubar de Cos, sino el brillante cerebro de Chenbar de Kasra, Ubar de Tyros, el Eslín del Mar. Admiraba a aquel hombre. Era un buen capitán.
   —¿Qué hemos de hacer, capitán? —preguntó el oficial de nuevo.
   —¿Qué sugieres? —pregunté sonriendo.
   —Sólo hay una solución. Preparar los barcos, cargar el tesoro y los esclavos y escapar. Somos fuertes y conseguiremos apoderarnos de alguna isla, alguna de las que hay al norte. Allí podrás ser Ubar y nosotros tus hombres.
   —Hay muchos capitanes que ya van rumbo a las islas del norte —dijo otro de los oficiales.
   —Thassa es grande y hay muchas islas y muchos puertos.
   —¿Y qué le ocurrirá a Puerto Kar? —pregunté.
   —No tiene Piedra del Hogar —dijo uno de los hombres.
   Sonreí. Era verdad. Puerto Kar era la única ciudad en Gor que no tenía Piedra del Hogar. El oficial había dicho bien claro que dejáramos que la gente de Cos y Tyros quemaran y saquearan la ciudad. Sólo por ese hecho.
   —¿Cuántos de vosotros creéis que Puerto Kar carece de Piedra del Hogar? —pregunté.
   Los hombres me miraron desconcertados. Nadie se atrevía a hablar.
   —Creo que podría tener Piedra del Hogar —dijo Tab al cabo de un rato.
   —Pero aún no la tiene, ¿verdad?
   —No —respondió.
   —Me pregunto cómo será vivir en una ciudad que la tenga.
   —¿Cómo puede conseguir una ciudad su Piedra del Hogar? —pregunté.
   —Los hombres que viven en ella deciden que han de tenerla.
   —Sí, así es cómo una ciudad consigue tener su Piedra del Hogar.
   Los hombres volvieron a mirarse desconcertados.
   —Traedme al esclavo Pez —ordené.
   Sabía que ninguno de los esclavos podía haber huido. La alarma se había dado durante la noche, momento en que los esclavos son encadenados. Incluso Mídice, cuando terminaba con ella, era encadenada por el tobillo derecho al pie de la cama. Pez habría sido encadenado junto a Vina en algún rincón de las cocinas.
   El chico llegó a mi presencia pálido y dando muestras de alarma.
   —Sal fuera, busca una roca y tráemela —ordené.
   Me miró.
   Dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.
   Esperamos sin hablar hasta su regreso. Mostró una roca algo mayor que mi puño. No era más que una simple roca, no muy grande, gris, pesada y de textura granular. La cogí.
   —Un cuchillo —pedí.
   Alguien me lo entregó.
   Corté sobre la roca en caligrafía goreana las iniciales de Puerto Kar. Luego extendí la mano con la piedra sobre la palma. Todos los hombres podían verla.
   —¿Qué tengo en la mano? —pregunté.
   —La Piedra del Hogar de Puerto Kar —dijo Tab con solemnidad.
   —Y ahora, ¿crees que hemos de huir? —pregunté al hombre que había dicho que sólo nos quedaba esa salida.
   Miró a la piedra en mi mano con expresión de desconcierto.
   —Si tenemos Piedra del Hogar, no hemos de huir —dijo.
   Levanté la mano en que sostenía la piedra.
   —¿La tenemos? —pregunté a los hombres que me rodeaban.
   —Yo la acepto como mi Piedra del Hogar —dijo el esclavo Pez. Ni uno solo de mis hombres rió. El primero en aceptarla como tal había sido un esclavo, pero había hablado como si de un Ubar se tratara.
   —Yo también —dijo Thurnock con su potente y retumbante voz.
   —Y yo —dijo Clitus.
   —Y yo —añadió Tab.
   —Y yo también —gritó uno de los hombres. Y de pronto, el salón estaba lleno de gritos y vítores y más de cien espadas brillaban saludando a la Piedra del Hogar de Puerto Kar. Vi a muchos marineros llorar mientras blandían sus armas. Y ahora el salón estaba lleno de alegría, de una sensación de victoria, de un recóndito significado, de lágrimas y de un inmenso amor que todo lo abarcaba.
   —Suelta a todos los esclavos y diles que recorran la ciudad, que vayan a los muelles, al arsenal, a las plazas, a los mercados, a todas partes, y que pregonen las nuevas, que digan que Puerto Kar tiene Piedra del Hogar —ordené a Thurnock.
   Muchos abandonaron el salón para poner en práctica mis órdenes.
   —¡Oficiales a los barcos! Desde vuestras líneas pasado el puerto, cuatro pasangs al oeste de los muelles de Sevarius. Thurnock y Clitus, permaneced aquí —ordené.
   —No —gritaron los dos a la vez.
   —Obedeced —ordené.
   Se miraron sin llegar a comprender.
   No me sentía capaz de enviarlos a una muerte segura. No existía esperanza alguna de que reuniéramos suficientes barcos como para repeler el ataque de las flotas de Cos y Tyros.
   Salí del salón con la Piedra del Hogar en la mano.
   Fuera de la casa, en el amplio paseo que bordeaba el lago que daba a las puertas del canal, ordené que preparasen un rápido y largo barco con proa que semejaba la cabeza del tharlarión.
   Incluso allí podía oír a la multitud gritando que Puerto Kar tenía Piedra del Hogar y veía las antorchas avanzando por los estrechos caminos que bordeaban los canales.
   —Ubar —susurraron a mi espalda, y me giré para tomar a Telima entre mis brazos—. Huye —rogó con lágrimas en los ojos.
   —Escucha, escucha lo que dicen.
   —Dicen que Puerto Kar tiene Piedra del Hogar, pero eso no es cierto. Todo el mundo lo sabe.
   —Si los hombres quieren que la tenga, entonces la tendrá.
   —Huye.
   La besé y salté a la barca que esperaba junto al paseo.
   Los hombres empezaron a remar antes de que diera la orden.
   —Al Consejo de los Capitanes.
   La cabeza del tharlarión giró hacia la puerta del canal.
   Me volví para agitar la mano en señal de despedida y vi a Telima junto a la entrada, en su túnica de esclava de la olla, iluminada por las antorchas. Levantó la mano devolviéndome el saludo.
   Ocupé mi asiento en la larga barca.
   —Chico, éste va a ser trabajo de hombres.
   —Soy un hombre, capitán.
   Volví la cabeza y vi que junto a Telima ahora estaba la esclava Vina, pero Pez no miró atrás.
   La barca avanzó a través de los canales hacia el Consejo de los Capitanes. Había antorchas en todas partes y luces en las ventanas. Oíamos los gritos que como olas se extendían por la ciudad o como una chispa prendía en el corazón de los hombres. Ahora todos sabían que en Puerto Kar había una Piedra del Hogar.
   Un hombre estaba en el estrecho camino junto al canal. Llevaba un bulto a la espalda.
   —Almirante, ¿es verdad lo que se dice? —preguntó.
   —Si quieres que sea verdad, lo será —respondí.
   Me miró desconcertado mientras la barca pasaba ante él dejándole a nuestras espaldas. Pasados unos momentos miré hacia atrás y vi que nos seguía a pie.
   —Hay una Piedra de Hogar en Puerto Kar —gritaba.
   Otras personas se paraban para escucharle y luego se unían a él, que no cesaba de seguirnos.
   Los canales por los que pasábamos estaban llenos de barcas cargadas de enseres que iban de un lado a otro. Parecía como si todo aquel que pudiera hacerlo escapara de la ciudad.
   Me habían dicho que barcos grandes cargados de cientos de hombres habían zarpado y debían encontrarse ya en alta mar. También que los muelles estaban abarrotados de barcas grandes que pedían cantidades desmedidas por un pasaje para escapar de la ciudad. Pensé que muchas fortunas cambiarían de mano aquella noche.
   A veces nuestros remos se enlazaban con los de otra nave y teníamos que detenernos para separar una barca de la otra antes de continuar nuestro camino. Algunos niños lloraban. Una madre gritó asustada. Los hombres vociferaban. En todas partes se veían figuras oscuras con bultos a la espalda apresurándose a los lados de los canales. Pasaban muchas barcas cargadas de gente y enseres. Muchos de los que pasaban cerca de nosotros me preguntaban:
   —¿Es verdad, almirante, que hay una Piedra del Hogar en Puerto Kar?
   —Si quieres que sea verdad, verdad será —respondía.
   Vi cómo el timonel de una de las barcas cambiaba el rumbo. Ahora había antorchas a ambos lados del canal, largas hileras de hombres nos seguían y también algunas barcas empezaron a hacerlo.
   Y oí a mis espaldas que los hombres gritaban:
   —Hay una Piedra del Hogar en Puerto Kar. Hay una Piedra del Hogar en Puerto Kar.
   Y a este grito se iban uniendo cientos y miles de hombres de todas partes.
   Vi hombres que cesaban en su huida y barcas que giraban y hombres que salían de los edificios y se unían a los que avanzaban por las estrechas calles que bordeaban los canales y vi cómo tiraban los bultos que llevaban al hombro y desnudaban sus espadas, y no tardó en haber miles de personas siguiéndonos hasta la plaza, ante el salón del Consejo de los Capitanes.
   Incluso antes de que mi hombre a la proa hubiera amarrado la barca, yo cruzaba la plaza a grandes zancadas con la capa flotando a mis espaldas.
   Cuatro miembros de la Guardia del Consejo presentaron armas al verme llegar. Pasé ante ellos y penetré en el salón.
   Había velas encendidas sobre varias de las mesas, papeles y documentos por todas partes, pocos escribas y pajes. De los setenta u ochenta capitanes que normalmente acudían sólo treinta o cuarenta estaban presentes. Al entrar, dos o tres capitanes abandonaban el salón. El escriba sentado ante la gran mesa me miró. Mi mirada recorrió el lugar. Todos guardaban silencio. Samos estaba presente, el rostro oculto entre las manos y los codos sobre las rodillas. Dos capitanes se pusieron en pie y abandonaron el salón. Uno de ellos paró ante Samos antes de salir.
   —Avía tus barcos. No queda mucho tiempo para huir.
   Samos hizo un gesto indicando que se alejara.
   Ocupé mi asiento.
   —Pido la palabra —dije al escriba como si se tratara de una de las usuales reuniones del consejo.
   El escriba me miró desconcertado. Los capitanes levantaron la cabeza para mirarme.
   —Habla —dijo el escriba.
   —¿Cuántos de vosotros estáis listos para emprender la defensa de la ciudad?
   —¿Acaso bromeáis? —inquirió Bejar, el del largo cabello negro—. La mayoría de los capitanes ya han abandonado la ciudad —continuó con tono irritado—. También cientos de los que no pertenecen al consejo. Los barcos redondos y largos están dejando el puerto y todo aquel que tiene una posibilidad huye de Puerto Kar. El pánico cunde en la ciudad. No quedan barcos con los que luchar.
   —La gente huye. No quiere luchar. Son verdaderos habitantes de Puerto Kar —dijo Antisthenes.
   —¿Quién sabe lo que es realmente Puerto Kar? —pregunté a Antisthenes. Samos levantó la cabeza y me miró.
   —¡Escuchad! —dije—. La gente está ahí fuera.
   Los hombres del consejo levantaron la cabeza. A través de los gruesos muros y las altas y estrechas ventanas del salón llegaba el rumor de la multitud.
   —Vienen a matarnos —gritó Bejar desenvainando su espada.
   —¡No! —dijo Samos levantando la mano—. ¡Escuchad!
   —¿Qué dicen?
   Un paje penetró en el salón corriendo.
   —Hay miles de personas en la plaza con antorchas —dijo.
   —¿Qué dicen? —preguntó Bejar.
   —Dicen que Puerto Kar tiene Piedra del Hogar.
   —Pero no hay tal Piedra del Hogar —dijo Antisthenes.
   —Sí la hay —interrumpí.
   Los capitanes se volvieron a mirarme.
   Samos echó la cabeza hacia atrás y lanzó una sonora carcajada mientras golpeaba los brazos de su sillón curial. Los demás capitanes se unieron a sus risas.
   —No hay Piedra del Hogar en Puerto Kar —dijo Samos, aún riendo.
   —Yo la he visto —dijo una voz casi a mi costado.
   Aquella voz me había sobresaltado. Miré a mi alrededor y me horrorizó ver al joven esclavo Pez. Los esclavos no pueden entrar en el salón de los capitanes. Al parecer, debido a la oscuridad, me había seguido hasta allí.
   —Atad a ese esclavo y azotadlo —ordenó el escriba.
   Samos con un gesto le hizo callar.
   —¿Quién eres? —preguntó.
   —Un esclavo. Me llamo Pez.
   Los capitanes empezaron a reír.
   —Pero he visto la Piedra del Hogar de Puerto Kar —dijo el chico con firmeza.
   —Chico, no hay Piedra del Hogar en Puerto Kar —insistió Samos.
   Sin apresurarme saqué de debajo de la capa el objeto que todo el tiempo había mantenido oculto. Todos me miraban fijamente. Con mucha lentitud empecé a separar la seda que cubría el objeto.
   —Es la Piedra del Hogar de Puerto Kar —dijo el muchacho.
   Los hombres continuaban callados.
   —Capitanes, acompañadme a la escalinata que hay a la entrada del salón —dije dirigiéndome a la entrada.
   Todos me siguieron y en unos momentos estábamos sobre la escalinata de mármol que daba entrada al salón de los capitanes.
   —¡Es Bosko! ¡Es Bosko, el almirante! —gritaba la gente.
   Miré aquellos miles de rostros y aquellos centenares de antorchas. Tras las cabezas podía ver los canales en cuyas aguas había cientos de barcos cuyas gentes también portaban antorchas que reflejaban sus llamas sobre los más cercanos muros y sobre las aguas. Miré a toda aquella gente sin despegar los labios; luego levanté el brazo derecho y descansando sobre la palma de la mano, por encima de mi cabeza, estaba la piedra.
   —¡La Piedra del Hogar de Puerto Kar! ¡La Piedra! —gritaban ahora miles de personas.
   Ahora todo eran vítores, gritos, saludos, antorchas y armas desenvainadas. Vi llorar a los hombres y a las mujeres. Vi a los padres levantar a sus hijos sobre los hombros para que vieran la piedra. Creo que todos aquellos gritos debieron llegar hasta las lunas de Gor.
   —Veo, sin lugar a dudas, que hay Piedra del Hogar en Puerto Kar —dijo Samos a mi lado.
   —Tú no huiste; tampoco los otros capitanes ni toda esta gente —respondí.
   Me miró intrigado.
   —Creo que siempre hubo Piedra del Hogar. Lo que ocurría es que hasta esta noche nadie la había encontrado —continué diciendo.
   Cerca de mí vi al joven esclavo gritando de alegría y en sus ojos relucían las lágrimas. Y vi muchas más lágrimas en los ojos de los que sostenían antorchas. A nuestro entorno todo eran gritos y lágrimas.
   —Sí, capitán, creo que tenéis muchísima razón —dijo Samos muy quedamente.

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